EL ARTISTA Y LA PERSONA
Todos los seres humanos en mayor o menor medida vivimos una doble vida. Cuando estamos en público y nos relacionamos con gente alejada a nuestro entorno nos comportamos de una manera, pero cuando nos reunimos con nosotros mismos y realizamos un chequeo honesto de nuestra personalidad, nos damos cuenta de la gran cantidad de pequeños secretos y detalles que rigen nuestra conducta y que muy pocas veces salen a la luz. Se trata de un mecanismo de autodefensa tallado en nuestro ADN que disimula nuestras miserias, nuestras debilidades, nuestras vergüenzas y nuestros impulsos más sórdidos. En el caso de los artistas la doble vida cobra otro significado, se amplifica y las líneas que separan ambas personalidades se difuminan y magnifican. La exposición pública del artista es tan potente, que en torno a él se diseña un relato artificial con la intención de mitificar el personaje y de hacer aún más rentable. Si analizamos en profundidad las biografías de diferentes artistas, nos damos cuenta que más allá de sus obras, sus vidas suelen mostrarnos personas y personalidades con las que difícilmente nos iríamos a tomar un café. ¿Podemos separar al artista de la persona? ¿Es posible admirar al artista y sentir desprecio por la persona? Son preguntas complicadas de responder y que han salido recientemente a la palestra tras el fallecimiento de Erick Morillo.
Según la RAE mitificar significa convertir en mito cualquier hecho natural, rodear de extraordinaria estima determinadas teorías, personas, sucesos, etc. Esto es exactamente lo que sucede con los artistas, debido al placer que nos proporciona su trabajo, tendemos a glorificarlos, a convertirlos en dioses inmaculados y en referentes de la sociedad. El mundo clubbing no es diferente a otros mundos artísticos. Aunque en sus comienzos la figura del DJ era un elemento más del concepto, con el paso de los años se ha convertido en el astro rey entorno al que el resto de elementos de la fiesta orbitan. Su brillo es tan potente que consigue cegar a cualquiera que fije su mirada en él, y ante la ceguera nuestro cerebro construye una imagen que poco tiene que ver con la verdad interior del artista. Erick Morillo ha sido uno de los grandes artistas de la historia de la música electrónica, uno de los mejores DJs, una fuerza de la naturaleza, uno de esos talentos naturales que nacieron para desplegar su arte detrás de una mesa de mezclas. Es absurdo dudar de su calidad y de su capacidad para mover a su antojo una pista de baile, en ese sentido era uno de los grandes. Pero si nos alejamos de su faceta artística, dejando a un lado el marketing ilusionista que fabrica realidades paralelas y biografías edulcoradas, ¿qué conocemos de Erick Morillo?
Cualquiera que haya vivido de cerca la escena clubbing de Ibiza en los últimos veinte años ha escuchado historias sobre el comportamiento de Morillo. Si no somos hipócritas tenemos que admitir que en alguna ocasión gente de total confianza nos ha detallado episodios truculentos de su estilo de vida, sobre sus gustos y sobre sus adicciones. Pero todos miramos para otro lado, así son las cosas, si no nos afectan directamente giramos la cabeza y continuamos con nuestro camino. Este comportamiento de supervivencia es universal, igual que aquel que hace que tras la muerte de una persona famosa sus miserias se hagan públicas y la gente que permaneció callada durante años, revele a los cuatro vientos sus desagradables experiencias con el fallecido. Insisto, no lo critico, vivimos en una sociedad que te empuja a tirar para adelante y que prefiere contar en sus filas con gente discreta que con agitadores. Por eso, aunque sea muy triste decirlo, en ocasiones es mejor tragar saliva que luchar contra molinos de viento. Pero afortunadamente estamos en un tiempo en el que ciertas actitudes ya no son tolerables y cuyas consecuencias pueden conseguir que cierta gente obtusa se lo piense dos veces antes de entregarse a ciertos comportamientos.
Tras el fallecimiento de Erick Morillo la escena electrónica inundó las redes sociales de mensajes de condolencias y de admiración hacia el artista. ¿Toda la escena? No, una gran parte de los grandes nombres de mujeres DJs no se sumaron al homenaje, llegando algunas a denunciar la hipocresía de aquellos que habían loado la figura de Erick. La sabiduría popular te dice que cuando el río suena agua lleva, no se trata de casos aislados. Artistas como Amelie Lens, Charlotte de Witte, Nina Kravitz o Nervo han obviado comentar la muerte de Morillo, ya sabéis, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Otras como Rebekah han criticado a la escena por apoyar a un presunto violador, denuncia a la que se ha sumado Ida Engberg con el relato de un episodio en el que retrata a Morillo como un depredador sexual. ¿Podemos separar al artista de la persona? ¿Podemos admirar la obra de un depravado? Una vez más me vienen esas preguntas a la cabeza, acentuando mi confusión. ¿Si se confirman las acusaciones deberíamos dejar de escuchar su música?
La memoria es selectiva, con el paso del tiempo los recuerdos positivos difuminan los negativos, creando una imagen idealizada más fácil de digerir. Posiblemente dentro de muchos años, cuando se revise la historia de la cultura clubbing, la figura de Erick Morillo se recordará como uno de sus máximos exponentes y sus errores quedarán en un segundo plano, opacados por su legado musical. Pero vivimos el presente, y ahora mismo estamos sumidos en una batalla que trasciende el clubbing, una batalla que lucha por cambiar los valores de la sociedad y por desterrar ciertos comportamientos machistas que denigran a la mujer y la cosifican.
Lamento la pérdida del artista Erick Morillo, lamento no poder sentir una vez más su energía en la pista de baile. Pero lamento aún más que Erick Morillo no fuera capaz como persona de estar a la altura de su talento musical.
Jonatan Gutiérrez
