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CUANDO ENRIQUE IGLESIAS ‘PERDIÓ’ LA GORRA EN AMNESIA

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Hubo un tiempo en el que las estrellas pop eran consumidoras de Clubbing en Ibiza, pero ni por asomo se les ocurría plantear la posibilidad de realizar una actuación ellos mismos, ya que sabían que mancillar los templos de la música electrónica les podría provocar más dolores de cabeza que satisfacciones. Nada que ver con lo que vivimos hoy en día, donde la música pop latina campa a sus anchas gracias a la “rentabilidad” de sus fiestas. Pero os aseguro que Ibiza vivió una época en la que nada ni nadie podía eclipsar a la música electrónica, y si lo intetaban, podían acabar como Enrique Iglesias en Amnesia Ibiza en 2007, abucheado y sin gorra.

Cuando me comunicaron que Enrique Iglesias iba a dar un mini concierto en la Terraza de Amnesia Ibiza he de confesar que me alegré, egoístamente, desde mi posición en el escueto departamento de prensa del club, aquella noticia nos daría vidilla y algún dolor de cabeza. Cuando me comunicaron que se trataba de una actuación por sorpresa y que no se podía hacer ninguna promoción, una vez más pensé para mi mismo: “De qué te extrañas, es Amnesia”.

Los entresijos más profundos de la negociación no estaban a mi alcance, pero lo que sí sabía que aquel proyecto nacía de la amistad de Enrique Iglesias y el director de Amnesia, David de Felipe, fraguada en la niñez gracias a sus padres, ambos míticos jugadores del Real Madrid. Aunque durante los días previos David no dejó de mostrar su clásico positivismo, se le notaba ligeramente preocupado, ya que sabía que en aquel contexto pudiera ser que las cosas no salieran bien. Además tenía que lidiar con una atmosfera de enfado dentro del club, primero por el secretismo, segundo porque había trabajadores que se sentían excluidos ya que durante la actuación no se permitiría que ni el fotógrafo ni el responsable de vídeo pudieran capturar una sola imagen. A esto hay que añadir la incomodidad de los responsables de la fiesta que el concierto iba a interrumpir, a Mar T y a Nacho Capella no les acababa de convencer que una estrella pop con mala imagen entre los clubbers irrumpiera en medio de People From Ibiza. Resumiendo, aquella noticia en vez de levantar la moral de la tropa la lleno de dudas.

Aunque se trató de guardar el secreto con mimo, la noche del concierto al menos el 50% de la isla ya sabía lo que iba a pasar. Por eso a la población habitual de People From Ibiza, compuesta básicamente por trabajadores de la isla, se le sumó un pequeño grupo de post adolescentes fans incondicionales del cantante. Entre bambalinas no había sonrisas, existían conversaciones sobre lo inapropiado del evento y donde se advertía que cómo a la peña se le fuera la pinza el bueno de Enrique podría salir del escenario esquivando botellazos.

La actuación se retrasó, el equipo técnico dio el ok a las 4 de la mañana y Cesar de Melero dejó de pinchar con cara de pocos amigos, recogió sus vinilos y salió de la cabina de la Terraza despotricando por aquel sin sentido. Se anunció la actuación por los altavoces diciendo que era un honor y un placer tener a un artista como Enrique Iglesias que había hecho un parón en su gira mundial para aquel evento. La reacción al anuncio fue una macedonia de pitidos, aplausos y abucheos, con aquella banda sonora saltó al escenario Enrique, rodeado por una pequeña banda y con actitud profesional intentando transmitir energía. Una energía que se diluyó a los pocos segundos, ya que de repente la música dejó de sonar. Volvieron los pitidos, los abucheos y los comentarios socarrones de gente que se chupaba el dedo compulsivamente o daba pequeños sorbitos a su copa. Yo veía los toros desde la barrera, desde la parte de arriba de la Terraza. Pero mientras la mayoría de los ojos se dirigían al escenario, los míos no perdían detalle de la cabina, donde los técnicos del cantante, el multitarea del club Willy y el gran Jordi Villalta peleaban con cables y computadoras. Más tarde me enteré que uno de los problemas estaba en el ordenador que controlaba el auto-tune, en aquellos días me sonaba a chino, ahora por desgracia es tan común que te parece extraño cuando escuchas a un cantante pop sin que su voz suene a lata.

Enrique lo volvió a intentar y el sonido volvió a desaparecer. Fue entonces cuando comenzaron los “¡fuera fuera!” y la famosa versión clubber a capela del ‘Seven Nation Army’ de The White Stripes. La peña no sabía muy bien cómo reaccionar, los allí presentes renunciaron al enfado y a la agresividad y decidieron tomárselo a cachondeo, utilizando el sarcasmo para retratar a la estrella del pop. Y desde mi posición privilegiada me uní a aquella ironía con una sonrisa pícara, pero al segundo mi parte empática se enfocó en el pobre Enrique, que pasaba aquel mal trago con dignidad, nervioso en sus movimientos pero centrado en solucionar el problema con miradas asesinas a los que, desde la cabina de la Terraza de Amnesia, se afanaban en acabar con aquel desaguisado.

Y debieron empalmar el cable correcto, ya que de repente volvió la energía y con ella las caras de alivio entre los integrantes del equipo de Enrique Iglesias. Revitalizado por haber superado aquel mal trago, Enrique sacó toda su rabia apretando con fuerza el micrófono e interpretando ese temazo a la altura de un clásico de Dylan llamado “Bailamos” (modo ironía). Pero algo seguía sin funcionar, a Enrique se le veía dando indicaciones a los técnicos, incómodo y con ganas de dejar atrás aquella sensación de tierra trágame.

Tras unos minutos de éxtasis para sus pocos fans, llegó el petardazo final, cuando el sonido de toda la sala dijo basta hasta aquí llegamos. En un concierto una interrupción es soportable, dos es angustiante y tres te manda con el rabo entre las piernas camino a tu casa. El concierto murió en aquel momento, no había ni energía ni ganas de ponerse a buscar una solución. Así que entre pitidos y abucheos Enrique se despidió, y cuando se encaminaba a los camerinos saludando a los miembros con acné de su club de fans, alguien le revoleó la gorra que llevaba, provocando en los miembros de seguridad llevarán al artista a un lugar seguro.

Yo seguía apoyado en la barandilla cuál vieja del visillo, observando los restos de un fracaso. Mientras analizaba mentalmente los fallos y las grietas de aquel proyecto, mientras le daba vueltas a la cabeza sobre el caos de aquel club, detuve durante unos segundos aquellos pensamientos negativos y pensé: “no te ralles, es exactamente por cosas como éstas por lo que adoras a Amnesia. Porque todo es improvisado y maravillosamente imperfecto.” Camino de San Juan, mientras babeaba observando el rostro de mi diosa dormida en el asiento del copiloto, la parte racional de mi cerebro había llegado a la conclusión que nunca más volveríamos a ver a Enrique Iglesias en Amnesia Ibiza. Una vez más me volví a equivocar, porque 12 años después, Enrique volvió a actuar para 2.500 empleados de una empresa china en el mismo lugar en el que perdió su gorra. Una gorra que seguramente acabaría en el mercadillo del hipódromo de San Rafael, apilada entre la ropa que un joven clubber vendía para financiarse un viaje a la India. Era otra Ibiza, ni mejor ni peor, simplemente diferente.

 

Jonathan Gutiérrez

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