TIME LOST:

UNA VISITA INESPERADA

Últimamente siento la necesidad imperiosa de volver a mis orígenes, de volver a sentarme delante el ordenador y escribir esos artículos barrocos en los que relataba mis peripecias en la escena electrónica, en los que describía mis sentimientos y profundizaba en aspectos alejados de la música, pero muy cercanos a la sociología y a la búsqueda de los resortes que alimentan el alma de la cultura clubbing. Teo y Guadalupe insisten en que retome esa faceta, pero la verdad es que el trabajo diario me empuja en otra dirección, desplazando la imaginación y la poesía a un rincón para que la comodidad de lo cotidiano domine sin oposición. Tal vez la edad juega un papel clave en esta desidia, la falta de sorpresa, la repetición de lo vivido. Pero la magia siempre se las arregla para abrirse paso, para encontrar grietas en lo monótono, para encender la chispa de la creatividad cuando menos te lo esperas. Y tuvo que ser en el closing del 50 aniversario de Amnesia cuando mi musa dormida despertó de su letargo, gracias sobre todo…, a una visita inesperada.

Llegué con Susi a eso de las cinco de la tarde al parking de Amnesia, y aunque ya tuvimos la oportunidad de ver los preparativos un par de días antes y de saludar a viejos compañeros, la sensación de nostalgia fue igual de abrumadora. Es curioso cómo funciona el cerebro del ser humano, estando en ese parking rejuvenecí veinte años de golpe, un torrente de recuerdos me desbordaron y volví a ser ese joven despreocupado que llegaba a su lugar de trabajo acompañado por mi añorado Gabriel, felizmente intoxicado por una bruma de humo espeso. Emocionado, conmovido, me moví junto a Susi por un parking que se llenaba de gente ansiosa por disfrutar de una jornada histórica. La producción de Amnesia fue impecable, el escenario apabullante, pero sobre todo se respiraba una atmósfera de la antigua Ibiza que tanto he echado de menos. Mi deformación profesional me impedía centrarme en la música, mis ojos inyectados en adrenalina fotografían cada rostro, cada gesto de la gente, cada mueca de felicidad. Reencontrarme con viejos amigos como Fernando, charlar con ellos, ser testigo de la emoción de Bea al recibir un enorme ramo de flores regalado por su equipo de marketing y comunicación, ver la cara de Martín (me niego a llamarle a Mar -T) en la pista satisfecho por el trabajo bien hecho, y sobre todo deleitarme en la sonrisa embriagadora de Susi, fue suficiente para saciar mis expectativas y dejar aquel maravilloso parking con el corazón lleno de satisfacción. Pero hubo algo más, un comentario que se repetía con toda la gente con la que me cruzaba, aquel parking había traído de vuelta el espíritu que se vivía en los closings de Space…, y eso son palabras mayores.

 

 

El despertador sonó a las ocho de la mañana, rápidamente desayuné, me vestí, le di un beso a Susi mientras dormía en la cama, bajé por el ascensor liando un piti, cogí un taxi y llegué a Amnesia de nuevo. Por nada del mundo me hubiera perdido la experiencia de estar presente en las últimas horas de un closing tan especial. Una vez dentro he de confesar que pensé: “qué cojones hago aquí”. El club estaba a reventar, la temperatura similar a la de los altos hornos y el movimiento era una aventura casi imposible. Así que me subí a la zona del privado para tener una mejor perspectiva y flipar con aquel organismo de miles de personas que se movía al ritmo de la música electrónica. De costado vi a una figura fácilmente reconocible, Nacho Capella atravesaba la parte de abajo del VIP en dirección al backstage, a la zona de las taquillas de las gogos. Me arme de valor y bajé por una puerta lateral para saludarle, allí encontré una imagen conocida, trabajadores de Amnesia hablando, descansando y sonriendo ajenos a la marabunta que hacía temblar los cimientos del club a escasos metros. Me fundí en un abrazo con Nachete y traté de seguir su conversación espídica, recordando viejas anécdotas. Aquel espacio para mi era mucho más que un oasis de tranquilidad en medio de la vorágine nocturna, allí estaba la puerta de mi despacho donde pasé años trabajando, allí fue donde consolidé mi amistad con el difunto Gabriel, allí fue donde a escondidas fumaba con un ojo pendiente de que apareciera Martín padre y me cayera la bronca del siglo, y allí fue donde más aprendí sobre la dinámica y el juego de tronos ibicenco. Sumido en la nostalgia, sin saber qué hacer a continuación, apareció mi salvador, y no podía ser otro que Jordi Tormo.

Jordi es un ser de luz, una de esas amistades laborales que han perdurado con el paso de las décadas, un tío que ama Amnesia y que lo demuestra con una increíble generosidad hacia cualquiera que orbita a su lado. Charlamos un rato, me mostró los cientos de mensajes que tenía en su whatsapp y me dijo que tenía que ir a dar unas pulseras. Inmediatamente le dije, “Jordi, me voy a pegar a ti como una puta sanguijuela”, y él me contestó, “claro, vamos”. Moverse con Jordi por una Amnesia abarrotada hasta la bandera es fácil, todas las puertas se abren, los atajos aparecen y los de seguridad te saludan con una sonrisa. Recorrimos todas las salas, saludando, con paradas de avituallamiento, subiendo y bajando escaleras, hasta que acabamos fuera del club, en la zona de la entrada VIP. Fue allí, justo allí, donde viví para mí el momento más mágico de aquella mañana, el momento en el que sin previo aviso llegó…, una visita inesperada.

Me estaba echando unas risas con Jordi, hablando con uno de los de seguridad, que nos comentaba lo increíble que fue la tarde en el parking, el ambiente, la atmósfera y que durante todas esas horas no había habido ni un solo incidente. Los tres coincidimos en un mantra que se había repetido unas horas antes, aquello había sido igual que un closing de Space. Juro por dios, por lo más sagrado, que segundos después vimos cómo se acercaban a nuestra posición Pepe Roselló y Juan Arenas (ex director de Space). Juan me reconoció al instante, ya que trabajé para Space varios años, y se acercó a darme un abrazo, al igual que Pepe. Jordi y yo nos miramos flipando, uno de esos momentos what the fuck. Juan nos comentó que les gustaría entrar un rato, que pagaban lo que hiciera falta. Por supuesto les dijimos que de ninguna manera, que era un honor que estuvieran allí. Así que Jordi, con diligencia tomó el mando de las operaciones.

Me salió la vena de periodista al instante y le dije a Jordi, avisa a Martín, avisa a un fotógrafo, avisa al New York Times porque esto es un momento histórico. Jordi con calma organizó todo en cuestión de segundos, y nos dirigimos al interior del club, en un trayecto que no perdería por nada del mundo. Ya antes de entrar la gente paraba a Pepe, le saludaba y le tocaba como si fuera una aparición divina, en los camerinos de la Terraza lo mismo, la gente le felicitaba, le agasajaba, sus caras se transforman en asombro y admiración. Pasamos por detrás de la barra de la cabina y de nuevo el mismo todos querían apretar la mano de Pepe. Allí le esperaba Martín (sigo negándome a llamarle Mar -T), se fundieron en un abrazo sincero y comenzaron a charlar. No tengo ni idea de lo que hablaron, pero por sus sonrisas se notaba la complicidad. Sobre todo la sonrisa de Martín, un tío que no sonríe gratuitamente y que estoy seguro que para él aquel encuentro fue muy especial, ya que simbólicamente suponía un reconocimiento a su trabajo, la entrega amistosa de la corona.

Martín les acompañó a la cabina, y cómo es norma en él, dio un paso atrás para no robar protagonismo a la verdadera figura central de aquel momento. Entonces Capriati se dio cuenta y saludó a Pepe con una reverencia, y pidió una larga ovación para una de las mayores leyendas de Ibiza. Pepe emocionado devolvió el aplauso a una Terraza en combustión y continuó recibiendo el cariño de todos los que allí se hallaban. Se quedó en la cabina lo justo y necesario, y se marchó igual que vino, entre sonrisas, agasajos y muestras de respeto.

 

 

Aún habitan en mi estómago las mariposas revoltosas cada vez que regreso a ese momento, aún se me pone la piel de gallina al recordar la cara de inmensa felicidad de Pepe. Así funciona la empatía, más en casos extremos como éste. Y lo califico de extremo porque no es normal que un señor de 92 años demuestre una ilusión tan extraordinaria por la vida y por la música. Porque me pongo en su piel, con todo lo que ha vivido, con todo lo que ha conseguido y me emociona sentir el cariño de las diferentes generaciones, el respeto y el agradecimiento de una legión de maravillosos locos que disfrutan de lo mismo que ha disfrutado él a lo largo de sus 92 años, de esa sensación irrepetible de sentirse vivo en una pista de baile. El lema de Amnesia ha sido en esta última etapa: “Ibiza, no pierdas tu alma”. Pues bien, gracias a este closing y a la visita inesperada de Pepe Roselló, el alma de Ibiza está más viva que nunca.

Aquello fue para mí el clímax del evento, luego le siguió la celebración del cincuenta cumpleaños de Aleix, más conversaciones con Jordi, una charla con Martín en el que me contó cómo pensaba echar un cable a un amigo común y sobre todo un empacho de imágenes de felicidad plena, con una muchedumbre enloquecida que bailaba y saltaba deteniendo el tiempo y exprimiendo el presente hasta que una última nota exhausta se desvaneció en los altavoces de Amnesia. Agotado física y emocional salí al encuentro del sol de Ibiza, pensando cómo resolver el problema que se me avecinaba, porque encontrar un taxi era misión imposible y debía bajar hasta la ciudad con urgencia ya que Susi me esperaba para un almuerzo muy especial con la familia de la casera que nos había acogido durante tantos años en Sant Joan. De nuevo la diosa fortuna se puso de mi lado, encarnada en Alberto de Wololo, que andaba por el parking con cara de haber disfrutado de una jornada histórica. Alberto me rescató aunque sus intenciones eran otras, llevarme al after en Playa Soleil. Tuve que negarme y me subí al coche con él, su hermano Jesús y David Tascón, cuatro leoneses en un Golf recorriendo carreteras comarcales para evitar encuentros indeseados con la autoridad. Mientras escuchaba a esos tres chavales por una parte echaba de menos el descaro de la juventud, pero por otra me reafirmaba en la calma prudente de la madurez.

Me despedí de ellos en Marina Botafoch y les deseé las mejores de las suertes en su próxima aventura. Caminé hasta el apartamento, subí por el ascensor con una sonrisa estúpida y entre en el piso donde me esperaba Susi. “ Creía que no llegabas. ¿Cómo ha ido todo?”, me preguntó con dulzura. Le respondí: “Todo genial, una locura. ¿Y sabes? Tuvimos una visita inesperada”.     

 

JONATAN GUTIÉRREZ FERNÁNDEZ