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UN VERANO DE RAVES Y SIRENAS

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Durante estos meses de confinamiento no he parado de debatir sobre el futuro de los clubs. Y he de reconocer que el recorrido ha sido una montaña rusa de incoherencias y de cambios de opinión, ya que me opinión fluctuaba dependiendo de la información que recibía de forma compulsiva por diferentes canales. He llegado a pensar que todo iba a volver a la normalidad y que el apocalipsis se acercaba irremediablemente para todos los que nos dedicamos, de una u otra forma, a la llamada cultura clubbing. Mi mirada y mis predicciones a día de hoy son negativas, sobre todo tras el anuncio de que las discotecas en fase 3 no podrían utilizar la pista de baile. Mientras que el debate sobre la vuelta de público a los partidos de futbol está sobre la mesa, la problemática específica de los clubs sigue enterrada en el cajón del olvido. Sin pista de baile, los clubs pierden su esencia y se transforman en simples bares de copas.

Aunque este virus ponga en jaque a la industria electrónica y a la escena clubbing ibicenca, lo que no va a poder doblegar son las ganas de fiesta de millones de jóvenes en todo el mundo. Porque si no somos hipócritas, tenemos que reconocer que hay unas edades en las que el futuro no es relevante, es algo tan lejano que no puede superar las ganas de vivir el presente cueste lo que cueste. La muchachada no va a parar de reunirse, de interactuar, de bailar y de abrazarse cerca de unos altavoces. Y no solo los más jóvenes, el resto se irá sumando al olvido y a la fiesta mientras las cifras epidemiológicas acompañen. Es inevitable, lo de que la cabra tira al monte va a estar más en boga que nunca, ya que en el ser humano el razonamiento no es nuestra única guía, los instintos más primarios y la irracionalidad también forman parte de nuestra toma de decisiones.

Toda esta energía debe condensarse de alguna manera y sobre todo en algún lugar. Si sacamos a los clubs de la ecuación el resultado es evidente, las raves y las fiestas en residencias privadas serán las grandes protagonistas del verano. Viviremos meses en los que los equipos musicales atravesarán pistas forestales, descenderán acantilados y se adentrarán en cuevas. Meses en los que el silencio abandonará las viejas fábricas abandonadas y los descampados volverán a cobrar vida. Un verano en el que se multiplicarán las denuncias de los vecinos y en el que cualquier terrenito con piscina podrá albergar sesiones épicas.

Vuelven las raves, e inevitablemente vuelve su némesis. Ese sonido estridente que provoca en el ser humano la necesidad de salir corriendo: las sirenas. Además en esta ocasión la intervención policial no estará argumentada por el ruido o por desfase, en esta ocasión hablamos de un motivo de salud pública, con lo que las actuaciones se multiplicarán. Nos espera un verano con noticias de fiestas desmanteladas, con cargas policiales y enfrentamientos con los ravers. Si los cuerpos policiales que trabajan en Ibiza pensaban que iban a tener unos meses tranquilos con los clubs cerrados, puede que cambien de idea y recen por su reapertura. Ya que Ibiza se llenará de decenas de pequeñas fiestas cada día, en villas, en casitas payesas y en calas remotas al refugio de la noche.   

Todo este juego inocente del gato y el ratón tendrá una deriva moral que inevitablemente se manipulará en los medios de comunicación. Irresponsables, insolidarios, inmaduros, sinvergüenzas, alborotadores, egoístas, serán algunos adjetivos con los que los asistentes a esas fiestas tendrán que lidiar. El estigma de la música electrónica por desgracia aumentará, esos drogadictos que escuchan chumba chumba no respetan nada. Vivimos en un país y en una sociedad a la que le gusta escupir hacia arriba, que no duda en ser la primera en tirar la primera piedra y en señalar a un colectivo como el culpable de todos los males.

Nos espera un verano de raves y sirenas, pero verano al fin y al cabo.

Jonatan Gutiérrez Fernández

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